Nuestros antepasados fueron capaces de adaptarse sabiamente al sofocante calor del estío cordobés con los medios que tenían a su alcance, desarrollando técnicas que aplicaron a múltiples facetas de la vida y de la cultura tradicional cordobesa: la arquitectura, el arte, la ganadería, la agricultura… conocimientos que se fueron transmitiendo de padres a hijos a través de generaciones, y así han llegado hasta nuestros días. Esta filosofía también tiene su reflejo en la gastronomía. Por ello, no debe extrañarnos que en estas fechas veraniegas, en los hogares cordobeses actuales sea muy frecuente la preparación de multitud de platos fríos con base vegetal, platos refrescantes, vitamínicos, que ayudan a recuperar los minerales que el organismo pierde con las altas temperaturas.
Recetas tan ricas como las diferentes modalidades de gazpacho que los cordobeses sabemos hacer (desde el gazpacho de tomate, al ajoblanco cordobés, pasando por los gazpachos de jeringuilla, de piñones, de habas, el salmorejo o la mazamorra), las más diversas ensaladas a base de hortalizas de la huerta cordobesa, entre ellas el típico picadillo cordobés (a base de pepino, cebolla, pimiento y tomate troceados y aliñados con aceite de oliva, vinagre y sal), la ensalada de escarola, la ensalada de col, la lechuga al ajillo o la ensalada de bacalao, por citar sólo algunas de un amplísimo repertorio. También están a la orden del día otras recetas frías tan cordobesas como el pimporrete, el rin ran, la ensaladilla cordobesa, el ajili mojili, o el ajo colorao. Éste último, quizás menos conocido, consiste en una crema fría o tibia, muy reconstituyente y sana, a base de patatas, pimientos rojos, tomate y cebolla cocidos, y aliñados con un diente de ajo, una pizca de cominos, aceite de oliva y sal.




















